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La parte más importante de este “collage en movimiento” reside no sólo en la conjunción audiovisual, sino en el discurso que por sí delata la parte sonora musical. De esta justificación particular, se desprenderá finalmente una justificación global que abarque la selección, colocación y montaje de las imágenes.
El audiovisual inicia con un “Andante” del prólogo de la ópera de Boris Godunov de Modest Mussorgski. La inserción no es casual: Boris Godunov (1598-1605) tuvo oscuros manejos de poder durante su reinado. Aunque siempre tuvo en mente el progreso de Rusia al promover reformas sociales y educativas, su personalidad desconfiada opacó sus cualidades diplomáticas, que lo llevaban a tratar mal a sus allegados, pues prohibía el matrimonio incluso de los más importantes boyardos por miedo de pretendientes al trono. Godunov promovió la existencia de informantes y persigue a los sospechosos. Tras un Llamado a oración y unas campanas que se percuten entre sí pertenecientes a la obertura de 1812 de Tchaikovsky, el audiovisual inicia con una pieza de tintes bélicos que Francis Ford Coppola convirtió en cliché respecto a ataques aéreos: Richard Wagner y La cabalgata de las valquirias, la cual nos da la idea de un avance y acercamiento de las tropas estadounidenses hacia territorios iraquíes. De regreso a Boris Godunov, la pieza “No kovó ty nas pokidáesh” representa la incertidumbre de un pueblo respecto a quién debiera gobernarlos. Dicha incertidumbre se transmite en la angustia derivada de un abandono de la divinidad:
“¿Por qué nos abandonas, padre nuestro? Ah, ¿a quién nos entregas, benefactor?”
Dice el pueblo mientras son intimidados por la policía. Y el sometimiento del pueblo reconocible en el acellerato deducido en la pieza de Mussorgski, se entiende porque ellos imploran:
“¡Piedad! ¡Piedad! ¡Señor y maestro! ¡Padre nuestro! ¡Padre nuestro! ¡Benefactor! ¡Benefactor! ¡Aaaaah!”.
Un choque de campanas y un canto oriental tras del Réquiem de W.A. Mozart -con una imagen en el fondo tan significativa como un manuscrito que representa la invasión de Bagdad de 1258, cuando las tropas de Hulagu (descendientes del Gengis Kan) destruyen todos sus libros arrojándolos al río Tigris- dan pauta al sentido propuesto en este audiovisual: cómo un político y armado necesariamente afecta al patrimonio cultural.
Durante la guerra del Golfo (1990-1991), varios monumentos históricos y lugares de importancia se vieron en peligro por la acción militar. Durante el 2002 y 2003, de nuevo se vieron expuestos a tales riesgos, logrando que las guerras se entiendan no sólo como conflictos que traen miseria a la población, sino heridas culturales. Níniveh, Uruk, Hartra, Azur y Babilonia, son tan sólo algunos de los lugares más importantes dentro de territorio iraquí, pues los expertos estiman que hay más de 100,000 sitios culturales en Iraq y la mayoría (90%) aún no han sido excavados.
¿Cómo es posible que con maquinaria moderna una aldea con casi 6,000 años de antigüedad puede reciclarse en terreno defensivo militar en menos de dos días? Por eso, entre las víctimas, se encuentras estas huellas –hoy únicas imágenes- de todo el patrimonio cultural que se perdió durante dicha invasión.